“Cuando yo me muera, que me entierren con la pelota de rugby bajo la arena”. José Antonio Sancha de Prada (Tarragona, 1938) parafrasea a Federico García Lorca mientras realiza un rápido repaso, casi caleidoscópico, a una vida intensa, rica en recuerdos y anécdotas conectados de manera perpetua a la ovalada. “Siempre he dicho que soy médico por vocación, jugador de rugby por afición y director por accidente. Ahora bien, en mi vida me enamoré dos veces: una de mi mujer y otra del rugby“, masculla entre risas el otrora capitán y gran referente del XV del León en los años 60 haciendo referencia a los tres puntos cardinales sobre los que ha pivotado su octogenaria existencia.  

José Antonio Sancha, de pie, el primero por la izquierda, durante una concentración con los Leones en Madrid.

Resulta imposible entender la historia del rugby patrio sin la vasta contribución realizada durante más de seis décadas por este alter ego tarraconense de William Webb Ellis. Fundador del primer equipo femenino de rugby en España (las Osas del INEF de Barcelona), “y del mundo también”, del Rugby Badalona, de la sección oval del Club Esportiu Universitari y del Rugby INEF, entre sus innumerables hitos relacionados con su segundo gran amor, quien fuera el medio de melé indiscutible del equipo nacional durante 14 años (entre 1958 y 1972) recibirá este sábado, día 28, el homenaje que seguramente más ilusión le hace de los muchos con los que le han agasajado estos últimos años por toda la geografía española y parte del extranjero.   

El Club Natación Barcelona, cuya sección de rugby lideró, con la 9 a la espalda, hasta la consecución de un título de Liga, el de 1963, y dos Copas de España, celebrará en La Foixarda su centenario en versión oval con un emotivo duelo que enfrentará a la escuadra del INEF de Barcelona con el de Lleida, parido en 1984 también por el Doctor Sancha. Será, de hecho, la segunda edición de una Copa que lleva su nombre, como no podía ser de otro modo.

He sido muy feliz gracias al rugby. La época de jugador fue maravillosa. Cada día era mejor que el anterior. Además no había dinero de por medio. Jugábamos por amor al deporte. El amateurismo era parte del encanto del rugby. El que se cabreaba era porque había placado mal. Tuve la suerte de jugar por todo el mundo”, sostiene emocionado quien lució en 25 ocasiones la zamarra roja de España.  

Los hados del destino han querido que este mes de mayo le haya colmado de parabienes por partida doble. Al centésimo aniversario del club de su corazón, a la sazón el segundo más antiguo del rugby nacional después de la Unió Esportiva Santboiana, antecedió hace poco más de una semana la presencia en el Festival Nacional M14, celebrado en Tordera, de su nieta Judith, a la que vio jugar por vez primera con su equipo, El Toro Rugby Club de Calviá, localidad mallorquina donde reside Ana Sancha, la hija de este traumatólogo de profesión, que durante sus años como internacional se desdoblaba ejerciendo las funciones de galeno de los Leones

“Entre que la niña vive en Mallorca con sus padres y que empezó a darle al rugby hace cosa de un año, no le había visto jugar hasta el otro día en ese torneo tan bonito y con tantos chavales disfrutando de nuestro deporte. ¡Qué ilusión me hizo! Se nota que está contenta, que ha encontrado su familia en ese equipo, igual que me pasó a mí”, apunta feliz de la vida quien llegó a ser también vicepresidente de la Federación Española de Rugby (FER) entre 1977 y 1985. 

Su vocación por seguir la estela de Hipócrates acabó convirtiéndose en el vehículo que le abrió las puertas del maravilloso mundo del oval. “Siete años estudiando para hacerte médico dan para mucho y el rugby en la Facultad de Barcelona era muy importante, así que me tiré de cabeza a probarlo. Después de mi primer día me dije, esto es lo mío. Fue como encontrar mi lugar en el mundo”, explica quien se autocalifica como “el medio melé más grande de Europa de mi época. Era un 9 atípico ya que entonces solían ser más pequeñitos”.  

Si hay algo de lo que se siente especialmente orgulloso este prócer con mayúsculas del rugby catalán y español es de su inestimable contribución a la inclusión de la mujer al deporte de la oval. Su decisión de armar en 1979, durante su etapa como director del INEF de Cataluña, un equipo femenino con 13 jugadoras marcó un camino que poco después seguirían en otros países donde, al igual que en España, consideraban que su práctica era inapropiada para las chicas. 

“Fueron muy valientes porque entonces sólo se les permitía hacer deportes que se consideraban ‘femeninos’. Pero ellas venían a ver los entrenos de los chicos y yo me di cuenta de que les atraía. Que estaban locas por jugar, vamos. Así que les animé a que empezasen a entrenar. El problema era que no podían hacerlo mezcladas con los chicos porque algunos abusaban de ellas. Los tíos que cobraban se vengaban con las mujeres, los muy cobardes. Pero se divertían tanto que al final hicimos un equipo de chicas, las Osas”. Y agrega. “Les tuve que enseñar de todo, pero aprendían rápido. Lo primero que les inculqué fue la disciplina de equipo y a obedecer, que en la cancha quien manda es el capitán. Al poco tiempo, cuando hacían un pase y les metían un placaje, eso iba a misa”.

De las incontables batallas rugbísticas que acumula en su privilegiada cabeza, el Doctor Sancha rescata una que define de alguna manera la esencia del deporte que le cautivó hace más de 60 años para los restos. “Jugábamos con la selección española en Cardiff, contra Gales, y me luxé la clavícula. Como era traumatólogo, me di cuenta al momento que estaba bien jodido, pero no dije nada y seguí jugando porque el compañero que debía entrar estaba muy verde para un partido de ese nivel. Aguanté hasta el final y cuando el árbitro pitó, me tiré al césped. Acabé en un hospital. Horas después, vino la selección de ellos al completo a ver cómo estaba y me dieron una ovación que aún me pone la carne de gallina”, recuerda. 

La visita acabó con sus rivales llevándose la camiseta embarrada de Sancha a modo de reliquia, prenda que hoy día se puede ver colgada, tal y como se la quitó don José Antonio, en la sala de trofeos del viejo Arms Park. “En el rugby siempre hemos sido como una gran familia. Daba igual el país o el rival: éramos hermanos de juego. Y eso que aquel día les ganamos el partido”, concluye con un guiño socarrón bañado en orgullo.    

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