De abuelos montenegrinos, padre italiano y madre española, Sidorella Bracic (León, 1994) no ha logrado discernir aún de dónde le viene esa fiereza, bien entendida, que saca a relucir cuando se zambulle en la melé para marcar territorio, ya sea con su club, el Olímpico de Pozuelo, o en el equipo nacional femenino. Así que para no herir susceptibilidades consanguíneas, prefiere tirar por la calle de enmedio. “Creo que es un mix. No se entiende una Sidorella si no es mezclando todas las vivencias y experiencias que predominan en mi familia, y que me ayudan a sacar esa garra que llevo dentro”, reflexiona con esa sonrisa de mujer feliz que no pierde ni con el protector bucal anclado en su mandíbula. 

Jugadora veterana atendiendo a su DNI, no al tiempo que lleva vinculada al deporte de la oval, la pilier leonesa empieza a ser una asidua en las convocatorias de José Antonio Barrio desde que el año pasado debutara nada menos que en el duelo que permitió a las Leonas XV proclamarse campeonas de Europa por octava vez, frente a Países Bajos, el mismo rival contra el que Sidorella disfrutará este sábado en Amsterdam (13:20, en directo por Teledeporte), en el duelo inaugural del Rugby Europe Championship 2022, de su primera titularidad oficial, puesto que el amistoso ante Colombia de la semana anterior, en el que también partió de inicio en el XV de Yunque, no computó como cap.

“Ese fue un gran día para mí, imposible olvidarlo. Debutar en un Europeo y encima ganarlo resultó ser algo muy especial. El año pasado venía a disfrutar de la experiencia y de poder estar aquí, de haber llegado. Y ahora también, pero hay otros retos añadidos: buscar dar lo máximo de mí desde el inicio del partido para lograr el objetivo de ganar otra vez este campeonato y, de paso, demostrar todo lo que he ido creciendo, todo lo que he trabajado y todo lo que estoy aprendiendo tanto en el club como aquí”, relata la primera línea leonesa.  

Fotografía: Walter Degirolmo

Esa inveterada competitividad que Sidorella lleva tatuada en su código genético, no exenta de importantes dosis de constancia, le tuvo enganchada durante más de una década al atletismo, más concretamente al lanzamiento de peso. Empero, un grave percance en sus muñecas después de haber acariciado el podio en los nacionales de su disciplina (fue quinta con un lanzamiento de 13,44 metros), le llevó a replantearse su futuro. “Fue una lesión muy dura, con muchos meses parada, y aquello me hizo poner balanza. Ahí fue cuando me decidí a cambiar de actividad deportiva. Y aunque como deportes el peso y el rugby no se parecen en nada, sí que me ayudó en la transición de uno al otro el sacrificio que tienes que hacer, lo duro que tienes que entrenar si quieres llegar lejos y luchar por un objetivo”. 

Tampoco es que su experiencia iniciática con el rugby, seis años atrás, fuera precisamente un mar de la tranquilidad, “en el cuarto partido me rompí el tobillo y tuve que estar otros ocho meses de baja”, pero el oval ya le había dejado un poso que acabó degenerando en adicción. “En aquel momento necesitaba un cambio de todo, y creo que un deporte de equipo me podía aportar esa familia, ese grupo, ese arrope que hay en el rugby que no tenía en el atletismo. Y así pasé de probar a ver de qué va esto, a decir cómo me mola, que me he enganchado, que quiero probar más, más y más… Hasta aquí”, rememora la delantera internacional de nuevo cuño.   

A pesar de no haber visto un balón ovalado hasta 2016, la progresión de Sidorella ha sido, desde entonces, geométrica. “Pasé del cero más absoluto, de no saber ni siquiera que se pasaba la pelota hacia atrás, al cien. Si tiene algo de agradecido este deporte, cuando no tienes ni idea, es que en los primeros momentos absorbes muchísimo. Eso me sirvió para darme cuenta de qué iba esto, de empezar a jugar ya conociendo casi todas las normas, saber cuáles son tus funciones, qué se espera de ti en ese puesto… Y empecé a evolucionar muy rápido”.

Sin solución de continuidad, pasó de hacer sus primeras armas en el Rugby El Albeitar a jugar las Series de la Copa de la Reina con la selección de Castilla y León de Seven. “Eso para mí, que venía de competir en liga regional, era el top. Tener la posibilidad de aprender de otros técnicos, de otras compañeras y de otros equipos. Cierto que era Seven, pero también es rugby y te da otra visión del juego, del espacio, herramientas de contrapié, pases más largos… Fue ahí donde me convencieron para venirme a Madrid. Y aquí fue ya el boom de todo”, reconoce. 

Va camino de los tres años desde aquel aterrizaje explorativo en el Valle de las Cañas y su crecimiento como atacante ha sido exponencial, a tenor del nivel de las rivales con las que empezó a codearse. “Vine a probar para ver hasta dónde podía llegar, dar mi mejor versión y si ésta me alcanzaba para estar en DH, pues muy bien. Pero si mi mejor versión me daba para alcanzar la Selección, pues a tope. Entonces me encontré al poco con que ya era titular, acumulando muchos minutos. De la primera a la segunda temporada hubo una gran evolución, pero de la segunda a la tercera, mucho más. Sobre todo en la visión del juego y en explotar más mis capacidades”. 

Fotografía: Walter Degirolmo

Su esperanza e ilusión es que esa evolución a ritmo de látigo que ha tenido como rugbier en general y como pilier en particular, le permita igualmente ir ganando protagonismo en el XV de las Leonas. “Tengo claro que hay que seguir entrenando, seguir luchando y peleando por tener más minutos, por estar ahí y que el mister confíe en mi juego. Sé que la decisión va a ser siempre la mejor para el equipo, pero soy tremendamente competitiva y quiero estar ahí siempre. Así que si hay que trabajar más, se trabaja más, si hay que esforzarse más, se hace. No pasa nada”. Y se marcha como llegó, con su sonrisa etrusca a cuestas.